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Miroslava Stern dejó su Checoslovaquia natal para marchar a América y
llegó a México en 1934. Estudió en Estados Unidos, pero regresó a México
a mediados de los '40, para iniciar su carrera cinematográfica.
Para el cine mexicano, la presencia de Miroslava significó un toque de
internacionalismo acorde con los turbulentos años de la Segunda Guerra
Mundial. Los grupos de inmigrantes que llegaron a México provenientes de
Europa y el Cercano Oriente se integraron a una sociedad urbana en plena
expansión y contribuyeron, de manera importante, a la vida cultural del
país.
Sin embargo, el cine mexicano no supo qué hacer con Miroslava. Su
belleza era muy diferente a la del resto de las actrices de su
generación y su rango interpretativo, si no limitado, por lo menos poco
aprovechado. De ahí que su filmografía se manifieste dispareja, con
algunos títulos interesantes e incluso una pequeña obra maestra como
Ensayo de un crimen (1955), pero abundante en películas menores.
La fascinación contemporánea hacia Miroslava la ha llevado a
convertirse, a posteriori, en una especie de Marilyn Monroe "a la
mexicana". Este fenómeno tiene como punto de partida el aura romántica
generada por su suicidio, ocurrido a una edad temprana y cuando su
carrera aparentaba estar en su mejor momento.
Por otra parte, la popularidad alcanzada fuera de México por algunas
películas mexicanas del género de horror ha convertido a Miroslava en
una especie de actriz-fetiche para públicos especializados. Éste es el
caso de El monstruo resucitado (Doctor Crimen) (1953) y La muerte
enamorada (1950), dos cintas que han adquirido estatus "de culto" en
años recientes.
Se suicidó, aunque quedaron sospechas de asesinato, en 1955, luego de
trabajar para Luis Buñuel en Ensayo de un crimen. Su romance con el
torero Luis Miguel Dominguín fue determinante en tal trágica decisión.
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