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Dolores del Río solía recordar
que en su infancia fue criada como una princesa y que su madre, doña
Antonia López Negrete y López, estaba tan orgullosa de su origen
aristocrático que viajaba a todas partes con un enorme legajo en el que
conservaba documentos notariados que certificaban la nobleza de su
linaje familiar, el cual se remontaba a la España de la Colonia.
Dolores Asúnsolo y López Negrete fue la única hija del matrimonio
formado por doña Antonia y Jesús Leonardo Asúnsolo, próspero ganadero y
comerciante originario de Chihuahua. Al estallar la revolución, los
Asúnsolo emigraron a la capital mexicana, dejando atrás sus posesiones
más preciadas. Años después, Dolores recordaría ese traslado como su
primer contacto con un México muy distinto al que ella pertenecía: un
país de soldaderas y campesinos, personajes recios, dignos y humildes,
iguales a los que ella interpretaría en sus cintas más famosas.
Desde muy pequeña Dolores demostró aptitudes para la danza, arte que la
daría a conocer entre el selecto grupo social en el que se desenvolvía.
Fue precisamente en un recital dancístico donde la joven Dolores conoció
a Jaime Martínez del Río, un refinado y culto heredero, con quien
contrajo nupcias tan solo dos meses después.
En Hollywood, Dolores del Río filmó más de treinta películas, se
divorció de su primer esposo, se casó con el escenógrafo Cedric Gibbons
y se convirtió en una celebridad internacional. Cuando su fama entró en
declive regresó a México, sin imaginar que iniciaría una nueva y exitosa
carrera.
En nuestro país llegó a ser una de las figuras más importantes del cine
nacional donde realizó más de 30 filmes. También incursionó en teatro,
muriendo finalmente en el año de 1983 como una verdadera diva de nuestra
industria fílmica. |